jueves, 17 de mayo de 2012

Riaño :Veinte años de un sacrificio inútil

Por Fulgencio Fernández, publicado en La Crónica de León, al cumplirse, hace 5 años, los 20 de la destrucción de Riaño

La batalla por defender Riaño fue muy dura, y desigual. Los lugareños esgrimían su apego al valle que era su vida, los más informados denunciaban que el señuelo de los riegos que llevarían el progreso al sur de la provincia era una falacia que escondía otros intereses, como las compensaciones a las hidroeléctricas por el reciente cierre de Lemóniz (era el año 1987), los ecologistas luchaban desde los tejados con espadas de cartón. Enfrente estaban grupos antidisturbios de la Guardia Civil 'acorazados' de pies a cabeza. Los regantes se manifestaban exigiendo ese agua que se les había presentado como el maná. Hoy, veinte años después, los riegos no han llegado más que en una mínima proporción, los líderes de los regantes se confiesan desencantados y engañados, los agricultores ya son muchos menos y el agua ya no es aquel maná que se anunció. Muchos sospechan que el sacrificio, muy doloroso, fue inútil. Así fueron aquellos días.

Al amanecer del 7 de julio de 1987 repicaron las campanas de la iglesia de Riaño que anunciaban, como cada día, la llegada de decenas de vehículos de la Guardia Civil; los tejadistas se subieron a lo más alto de las casas; los ecologistas pusieron a desfilar sus ejércitos armados con gorros de papel y espadas de cartón; el joven alcalde intentó detener las máquinas excavadoras con un decreto municipal pero fue detenido sin contemplaciones; los vecinos miraban desolados, sabían que había llegado el final de aquella larga agonía que comenzó el 25 de febrero de 1966 cuando el Consejo de Ministros acordó la ejecución de un embalse en el valle de Riaño (León) que era hijo de un Plan Hidrológico diseñado a finales del siglo XIX. Una ejecución que firmaba Francisco Franco. Tal vez por ello los habitantes de este pueblo no se podían creer que el decreto del dictador lo hiciera efectivo un ministro socialista, de triste recuerdo en el valle, Javier Sáenz de Cosculluela.

La lucha fue aquel 7 de julio, y los meses anteriores, absolutamente desigual. Los 300 guardias civiles antidisturbios llegados desde León, Asturias y Madrid actuaron con una contundencia inusitada, lo que provocó encontronazos de todo tipo y cuatro personas heridas de consideración; una de ellas, Carmen Martínez Sopeña, perdería la visión total de un ojo a causa de un pelotazo de goma cuando estaba subida a un tejado. Su compañero Jesús Álvarez, también habitante del valle que iba a ser anegado, sufrió una hemorragia en la cámara interior del ojo izquierdo y contusiones diversas en el hemitorax. «Creí que había quedado ciego, me asusté mucho». El joven alcalde, Huberto Alonso, también fue detenido cuando se colocó delante de las máquinas intentando hacer valer un acuerdo municipal aprobado en Pleno para detener las obras, siendo arrastrado de la zona de derribos junto a dos concejales que le acompañaban. Catorce casas del pueblo acabaron aquel día convertidas en escombros.

La imagen de aquella desigual lucha quedó perfectamente recogida en una fotografía de nuestro compañero Mauricio Peña, que dio la vuelta al mundo (la que aparece en la página siguiente). Un anciano riañés, Vicente Alonso, se quiere enfrentar a los pertrechados guardias civiles con sus madreñas y la vara de arrear el ganado. Su hermana, ya fallecida, intenta detenerlo. Este hombre, conocido popularmente por Carrerinas, también es el ejemplo del desencanto sufrido por los que tuvieron que abandonar el valle, su casa. Ahora vive en Villasinta, donde su hermano es el párroco, y no quiere saber nada de aquellas tristes jornadas. Su hermana solía definir el estado de ánimo de este hombre con una frase muy gráfica: «Nunca volvió a ser el mismo».

Era el principio del fin. En días sucesivos, con incidentes iguales o parecidos, fueron cayendo bajo los cazos de las excavadoras las casas de La Puerta de Riaño, Huelde, Anciles, Salio, Escaro, Pedrosa del Rey, parte de Burón y la capital del valle y para muchos el pueblo más representativo de la vida y costumbres de la montaña leonesa, Riaño. No quedó piedra sobre piedra, algo que también era una novedad dentro de la crueldad humana que siempre implica el cierre de un pantano y el obligado éxodo de sus vecinos. Hasta aquel momento en pantanos como el de Luna o Vegamián –hoy conocido con el nombre de Juan Benet en 'honor' del ingeniero/escritor que lo construyó– y otros que soportó la provincia, los pueblos quedaban en pie y las espadañas de las iglesias volvían a asomar cuando el nivel del agua bajaba, recordando que allí habían estado ellos. En Riaño parecía que se querían borrar las huellas del pasado (una película de Federico Luppi sobre este tema se titula 'Las huellas borradas'). También se perdieron un buen número de joyas de su rico patrimonio cultural y artístico en aquella vorágine de arrasar con todo.

EL DRAMA CAINITA DE LEÓN

Pero, para muchos, tan graves como los incidentes del desalojo y el cierre fue lo que el escritor leonés Juan Pedro Aparicio, en la actualidad director del Instituto Cervantes en Londres, definió como «el drama cainita de León». Los políticos de la época (1987) no fueron nada valientes y se incitó un claro enfrentamiento entre leoneses del norte (donde se construían los pantanos, a los tres citados habría que añadir los proyectados en Omaña y Cármenes) y leoneses del sur, los presuntos beneficiarios de las aguas de estos embalses para el riego. Era duro ver manifestaciones de medio León exigiendo que el otro medio se convirtiera en un gran embalse. Se sacó a relucir una y otra vez la historia de que «ya habían cobrado las indemnizaciones», se acusó a los ecologistas de estar a sueldo de no se sabe quién y un presidente de regantes y diputado provincial, ante una carta abierta de diversos escritores, afirmó sin rubor que «los intelectuales, si quieren naturaleza que se vayan a Brasil».

«Y seguimos sin regar, ¡qué fraude!»

Los enfrentamientos que se produjeron entre leoneses crearon un clima casi irrespirable en una provincia dividida. Un factor humano que nadie contempla. José María Hidalgo, vecino del valle de Omaña donde encabezó una larga lucha contra un pantano que finalmente no se construyó, habla de ello. «No se hizo el pantano pero el pueblo quedó tocado para siempre, la convivencia se resintió mucho, hay gente que no se ha vuelto a hablar, heridas que jamás cicatrizarán. Imagina en Riaño, que sí se hizo el pantano».

Pero lo desesperante para muchos de los que tuvieron que abandonar sus casas es que la presunta causa del cierre, los regadíos, no fueron una realidad. Todavía hoy no lo son:

«En aquella época, a pesar del duro golpe para el valle de Riaño, nos manifestamos en León, nos parecía necesario. Ahora, después de tanto tiempo y en vista de los nefastos resultados, estamos defraudados, 20 años es una generación perdida de agricultores y no hay agua definitiva, ni siete hectáreas regadas, ¡qué gran fraude!», lamentaba todavía hace unos días Francisco Lupicinio Rodrigo, presidente de la Comunidad de Regantes de Payuelos (las de las aguas de Riaño) y también agricultor. No necesitan más explicaciones. Y lo que aún es peor, hace veinte años eran muchos los agricultores que creían en la bondad de esas aguas para el riego y las esperaban como el maná. Ahora son muchos menos, muchísimos menos, y están mucho más desencantados, hartos de ver continuos enfrentamientos políticos a causa de los futuros regadíos, pero de no ver los regadíos.

Fueron muchos los que entonces alertaron de que aquel pantano no era para el riego, que era una compensación a las hidroeléctricas por el cierre de la central de Lemóniz unos meses antes. El tiempo ha alimentado mucho más sus sospechas.

'Moles' se pegó un tiro, Pedro se ahorcó, Carmen perdió un ojo

Entre los vecinos de Riaño hay un nombre que es como un mito, Simón Pardo del Molino, un obrero al que todos conocían por Moles, que se pegó un tiro con su escopeta de caza durante la noche antes de que las máquinas del Mopu derribaran su casa. Lo tenía premeditado pues la noche anterior se acercó al bar donde comía y pagó todo lo que debía (se lo iban apuntando para pagar a final de mes) sin hacer ningún comentario ante la extrañeza del dueño pues sólo era el día 12, cinco después de haber comenzado los derribos, cuando iban a llegar a su casa.

Por eso entre los vecinos del valle causaron verdadera indignación las palabras hace unos días en TVE del que era ministro en aquel julio de 1987, Javier Sáenz de Cosculluela, afirmando que «en Riaño no hubo ni un rasguño, se sacó a la gente a la silla de la reina». Indignaron por Moles pero también por Carmen Martínez Sopeña, que perdió la visión completa de un ojo, y tantos otros heridos en aquellos incidentes. «No tiene vergüenza», dice la citada Sopeña. Es una vieja guerra que se reabre. Cosculluela fue el blanco de las iras de los vecinos de un valle que nunca pensaron que un ministro socialista iba a acabar una obra de Franco. El rencor llegó a ser casi familiaridad con unas recordadas pintadas en las que se sintetizaba la ira en un 'Coscu jop...'.

La tensión era evidente en el pueblo en aquellos días de julio. Las imágenes han quedado grabadas en el recuerdo de muchos vecinos. Leoncio Diéguez, vecino de La Puerta y hoy profesor en Gijón, recuerda cuando dinamitaron la torre de la iglesia. «El reloj marcaba las diez y cuatro minutos». Carmen Burón recuerda el pueblo tomado por los perros y los gatos cuando se iban marchando los vecinos. «A un perro de un tío mío hubo que atarlo para sacarlo de casa, se negaba a irse, empezaba a dar vueltas sobre sí mismo y se mordía el rabo». En ese ambiente Moles paseaba silencioso por el pueblo y solía repetir que «a mis 54 años y no tengo a dónde ir».

En la madrugada del 12 de julio sonó un disparo al amanecer, era el de su escopeta de caza. Un primo suyo, Teotimo, de la cercana localidad de Maraña subió aquel día a Riaño. «Iba a buscarlo para que se viniera con nosotros, sabía que le iba a hacer mucho daño ver caer su casa. Me extrañó no encontrarlo en el bar de siempre, nos acercamos a su casa, estaba todo cerrado... Mi hijo entró por la ventana y lo encontró allí tendido, sobre la cama».

Otro hombre del valle, Pedro el cartero, se ahorcó unos meses después colgándose del viaducto. La cuerda era tan larga que se arrancó la cabeza, que nunca apareció.

Ni un rasguño, dice Cosculluela.

¡VIVA LA MONTAÑA LEONESA!
¡VIVA EL PUEBLO MONTAÑÉS!

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